SALUDO DEL PRESIDENTE DE LA ASOCIACION DE ACADEMICOS SEÑOR SERGIO SAEZ BARRIGA EN ACTO DE LOS 65 AÑOS DEL LLAMADO DE LA FEUT

Estimados compañeros , siguiendo con los saludos , de los gremios y autoridades, al acto de homenaje a los 65 años, que la FEUT, federacion de Estudiantes de la Universidad Técnica del Esatdo.el 25 de mayo de 1961, entregamos , el texo de saludo, que hiciera , el Compañero Sergio Saez, Actual presidente de la Asociación de Acádemios de la USACH.

LAS LUCHAS DE AYER SE ENLAZAN CON LAS DE HOY

Compañeras y compañeros:

Al leer hoy la Declaración del 25 de Mayo de 1961, resulta inevitable experimentar una extraña sensación.  Pareciera  que la  historia marcha  en redondo. Pareciera  que aquellas palabras escritas hace más de seis décadas dialogaran directamente con nosotros, como si quienes las redactaron estuvieran observando los desafíos que enfrentamos en el presente.

Los  estudiantes  de  la  Universidad Técnica  del  Estado  iniciaron  entonces  una movilización en contra del procedimiento de designación de autoridades en la Escuela de Minas de Copiapó. Sin embargo, ellos mismos comprendieron que aquel conflicto era apenas un síntoma de problemas más profundos.

Lo dijeron con claridad: «El hecho que motivara el conflicto es sólo un apéndice de problemas estructurales de la Universidad». No discutían únicamente una designación. Discutían la forma en que se ejercía el poder dentro de la universidad. Discutían quiénes tenían derecho a decidir. Discutían qué universidad necesitaba Chile.

Por eso plantearon la necesidad de una profunda Reforma Universitaria.

Aquella generación tuvo la capacidad de comprender que la universidad debía ser un espacio de democracia, participación y construcción colectiva.

Por ello reclamaron el derecho de estudiantes y profesores a intervenir en el gobierno universitario. Defendieron la autonomía de las universidades frente al poder político. Exigieron una  carrera  académica  basada  en  el  mérito y no en  el  favoritismo. Promovieron una universidad vinculada a las necesidades económicas, científicas, tecnológicas y sociales del país.

Y sobre todo defendieron una idea de universidad profundamente humanista.

Una universidad que no formara únicamente profesionales. Una universidad que formara ciudadanos. Una universidad comprometida con la sociedad y especialmente con aquellos sectores históricamente excluidos del acceso al conocimiento.La Declaración del 25 de Mayo fue uno de los hitos fundacionales del movimiento reformista que, años más tarde, cristalizaría en la Reforma Universitaria de fines de la década de los sesenta. Una reforma que transformó profundamente a la Universidad Técnica del Estado y que convirtió a nuestra institución en una referencia para todo el sistema universitario chileno.

Aquella universidad reformada entendía que la educación superior debía formar profesionales competentes, pero también ciudadanos comprometidos. Entendía que la misión universitaria no terminaba en la entrega de un título profesional, sino que incluía la formación integral de seres humanos capaces de contribuir a la construcción de una sociedad más justa.

Pero la historia no avanzó de manera lineal.

El golpe de Estado y la dictadura interrumpieron violentamente ese proceso.  La represión no sólo se dirigió contra personas. También se dirigió contra ideas. Contra proyectos colectivos. Contra una concepción de universidad democrática y comprometida con la transformación social.

Nuestra universidad conoce esa historia.

Conoce el exilio, la persecución,  la prisión, la desaparición y la muerte. Conoce también la imposición de un modelo universitario construido desde la exclusión y el autoritarismo.

Y aunque la democracia regresó al país, muchas de las estructuras heredadas de ese período continuaron presentes durante décadas.

Por eso la lectura de la Declaración del 25 de Mayo sigue provocando asombro. Cuando aquellos  estudiantes  afirmaban que constituían  la  razón de ser  de la

universidad y que tenían derecho a participar en la elección de sus autoridades,

estaban formulando una demanda cuya plena realización sigue siendo una tarea pendiente.

La democratización universitaria no es un capítulo cerrado de nuestra historia. Es una tarea en permanente construcción.

Es cierto que hemos avanzado.

Durante años persistieron formas de discriminación incluso entre los propios académicos. Miles de profesoras y profesores por hora fueron excluidos de derechos básicos de participación política en la universidad.

Tras una larga lucha  política,  jurídica y gremial logramos revertir esa  situación. Conseguimos el reconocimiento de nuestros derechos y conquistamos la participación en la elección de la máxima autoridad universitaria.

Gracias  a ello, hoy contamos con un rector elegido por el conjunto del cuerpo académico. Una legitimidad democrática que durante décadas fue impensable.

Pero no podemos conformarnos.

Si en 1961 los estudiantes denunciaban mecanismos de exclusión que impedían la participación efectiva de la comunidad universitaria, hoy nos corresponde preguntarnos qué formas de exclusión persisten todavía dentro de nuestra propia institución

Nuestra universidad atraviesa actualmente el proceso de implementación de un nuevo Estatuto Orgánico. Sin duda constituye un avance significativo respecto del marco normativo heredado de la dictadura. Sin embargo, aún persisten reglamentos que reproducen desigualdades incompatibles con una universidad verdaderamente democrática.

Resulta difícil justificar que, mientras aproximadamente 840 académicas  y académicos de jornada cuentan con 24 representantes en el Consejo Universitario, más de 2.500 profesoras y profesores por hora tengan solamente dos representantes.

Del mismo modo, resulta contradictorio que en las elecciones de decanos y directores de departamento se asigne apenas un 5% de ponderación al voto de quienes realizan una parte sustantiva de la docencia universitaria, mientras los académicos de jornada concentran un 61% de la representación.

No resulta coherente con la historia de nuestra universidad.

No resulta coherente con el espíritu de la Reforma Universitaria.

Y no resulta coherente con las aspiraciones democráticas que hoy compartimos. Por eso debemos volver a levantar la bandera de la triestamentalidad.

Porque estudiantes, funcionarios y académicos construyen cotidianamente nuestra universidad y, por lo tanto, deben participar efectivamente en las decisiones que determinan su destino.

Porque la democracia universitaria no debilita a la universidad. La fortalece.

Y porque las luchas de ayer siguen iluminando las luchas de hoy.

Hace más de sesenta años los estudiantes de la FEUT proclamaron que querían una universidad democrática, autónoma y al servicio del país. Esa tarea no terminó con la Reforma Universitaria ni se agotó con el retorno de la democracia.

Nos corresponde a nosotros continuarla.

Porque las luchas de ayer no pertenecen al pasado.

Viven en cada demanda por mayor participación, en cada esfuerzo por construir una universidad más justa y en cada comunidad que se niega a aceptar la exclusión como algo natural.

Y porque, tal como lo entendieron quienes escribieron la Declaración del 25 de Mayo, la universidad será verdaderamente grande cuando quienes la construyen día a día puedan también decidir su destino.

Porque la historia no marcha en redondo cuando aprendemos de ella.

La historia avanza cuando somos capaces de continuar las luchas justas que otros comenzaron antes que nosotros.

Muchas gracias.

Discurso pronunciado por el presidente de la Asociación de funcionarios Académicos de la Universidad de Santiago de Chile, Sr. Sergio Sáez Barriga

 

 

 

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