SALUDO DEL RECTOR DE LA USACH DON PÈDRO PALOMINOS BELMAR EN LA ROMERIA 2026

Querida comunidad universitaria:

Hay fechas que una institución recuerda y otras que pasan a formar parte de lo que esa institución es. Para nuestra Universidad, el 11 de septiembre pertenece a esta segunda categoría.

En este día de recogimiento, saludo con especial afecto y respeto a las y los integrantes de la Corporación Solidaria UTE Usach. Quienes compartimos habitualmente con ustedes quizá no siempre alcanzamos a dimensionar lo que representa su presencia: más de medio siglo después, siguen siendo testimonio vivo de una historia marcada por la violencia, pero también por la dignidad, la solidaridad y la resistencia. Ustedes forman parte de nuestro patrimonio humano. Gracias por el esfuerzo generoso y permanente de preservar y transmitir esta memoria.

La Universidad Técnica del Estado fue golpeada con una violencia que todavía resulta difícil de dimensionar. Fuimos la única universidad del país bombardeada por las Fuerzas Armadas. La mañana del 12 de septiembre de 1973, mientras integrantes de nuestra comunidad permanecían en su interior, la Casa Central fue atacada con artillería de guerra. El impacto material fue enorme; el miedo, el dolor y la incertidumbre fueron aún mayores.

Nuestro rector Enrique Kirberg fue detenido junto con académicos, funcionarios y estudiantes, y permaneció dos años como preso político.

Ochenta y ocho integrantes de nuestra comunidad fueron víctimas de la dictadura.

Ochenta y ocho vidas.

Entre ellas, las de Víctor Jara y Michelle Peña, junto con las de tantas otras personas cuyos nombres permanecen inscritos en nuestra memoria y en distintos lugares de este campus.

Todo aquello ocurrió aquí: en estos edificios, en estos patios, en los mismos lugares que recorremos cada día. Y varias de las personas hoy presentes vivieron esas jornadas de terror. Escuchar sus testimonios y transmitirlos es un deber, porque conocer nuestra historia es indispensable para no olvidar y para no repetir.

Una Universidad que vivió aquello no puede ser neutral ante la memoria ni ambigua frente a los derechos humanos.

Por eso, hoy, en mi primera romería como rector de la Universidad de Santiago de Chile, quiero expresarlo con absoluta claridad: mi compromiso, y el de esta Rectoría, con la memoria, la democracia y los derechos humanos es irrestricto.

No hay ambigüedad posible.

Nuestra Universidad honrará siempre a quienes fueron perseguidos por pensar distinto; a quienes fueron detenidos, torturados, ejecutados o hechos desaparecer. Cuidaremos nuestra historia y la transmitiremos a las generaciones que hoy caminan por este campus, muchas de las cuales nacieron décadas después de estos hechos.

Llegará el momento en que ya no estarán quienes puedan relatarnos en primera persona lo ocurrido. Entonces seremos nosotros quienes tendremos la responsabilidad de contarlo.

La memoria debe ser capaz de sobrevivirnos.

Recordar, sin embargo, no puede significar únicamente volver al dolor, aunque sea imposible separarnos por completo de él. Recordamos porque existe un pasado que no queremos repetir, pero también porque existe un futuro que tenemos la responsabilidad de construir.

Y hoy necesitamos hablar también de ese futuro.

Vivimos tiempos difíciles. Para miles de familias chilenas, la vida cotidiana está marcada por la incertidumbre. Crecen la desconfianza y el individualismo, y muchas personas sienten que deben enfrentar solas, problemas que son profundamente colectivos. Incluso la educación, la ciencia, la investigación y la cultura son puestas nuevamente en tela de juicio, como si debieran justificar, una y otra vez, por qué una sociedad necesita invertir en conocimiento.

Frente a esta realidad, una universidad pública como la nuestra no puede ser indiferente. Tampoco puede responder desde la desesperanza.

Precisamente cuando las circunstancias se vuelven más difíciles es cuando más necesitamos comunidad: mirarnos, escucharnos, dialogar y recordar que nadie construye un país en soledad.

Quiero que nuestra Universidad encarne ese espíritu.

Una comunidad viva, consciente y solidaria. Capaz de debatir y convivir con sus diferencias, pero también de reconocerse en un propósito común. Una Universidad que vuelva a soñar en grande y comprenda que el conocimiento adquiere su sentido más profundo cuando mejora la vida de las personas. Así como hemos sido pioneros en tantos ámbitos, quiero que seamos también un ejemplo de cómo construir comunidad y de cómo hacer política en su sentido más noble: cuidar lo común y trabajar juntos por un futuro compartido.

La memoria nos enseña, además, una verdad profundamente humana: la vida es frágil.

Es demasiado breve para vivirla únicamente para nosotros mismos; demasiado breve para acostumbrarnos a la injusticia; demasiado breve para resignarnos a aceptar que las cosas no pueden cambiar.

Tenemos la posibilidad de hacer algo valioso con nuestro tiempo: cuidar a otras personas, defender nuestras convicciones, enseñar, investigar, crear y contribuir, desde nuestros distintos lugares, a una sociedad más justa.

Y también tenemos derecho a ser felices: a encontrarnos, a construir afectos y a disfrutar la vida que tantas personas no pudieron seguir viviendo.

Pienso en ello, mientras recorremos estos memoriales. Quienes hoy recordamos no son solamente nombres vinculados a una tragedia. Fueron personas que amaron, rieron, estudiaron y trabajaron; tuvieron amistades, proyectos y convicciones. Imaginaron futuros y quisieron transformar el mundo que les tocó vivir. Muchas no pudieron ver concretados esos futuros.

Nosotros estamos aquí.

Y estar aquí significa también asumir la responsabilidad por lo que hacemos con el tiempo que nos ha correspondido vivir.

Por eso, la memoria no consiste solamente en mirar hacia atrás. Nos exige preguntarnos qué hacemos hoy frente a la injusticia; qué hacemos cuando la democracia se debilita, cuando alguien es excluido o cuando la indiferencia parece más sencilla que involucrarse. Nos exige preguntarnos qué hacemos, desde una universidad pública, para que el conocimiento, la educación y la dignidad sigan siendo posibilidades reales para todas y todos.

Ese es el compromiso que hoy quiero asumir ante esta comunidad:

Cuidar nuestra memoria. Defender siempre los derechos humanos. Fortalecer nuestra democracia. Y hacer de esta Universidad un lugar donde podamos volver a creer que un futuro mejor no solo es necesario, sino también posible.

Hoy caminaremos por estos jardines y pasillos en memoria de quienes ya no pueden hacerlo.

Lo haremos con dolor, porque hay ausencias que continúan doliendo. Pero no quiero que caminemos únicamente desde la tristeza. Caminemos también con esperanza.

Con la esperanza de una comunidad, que conoce su historia y, precisamente por ello, sabe hacia dónde no quiere volver.

Con la esperanza de una universidad pública que sigue creyendo en la capacidad del conocimiento para transformar vidas.

Con la esperanza de saber que, incluso en los momentos más difíciles, siempre podemos volver a encontrarnos, tendernos la mano y avanzar juntos.

Por quienes estuvieron antes que nosotros. Por quienes estamos hoy. Y por quienes vendrán después.

Avancemos con memoria, con democracia, con un respeto irrestricto por los derechos humanos y con esperanza.

Muchas gracias.

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