María Ignacia Villalovos – Secretaria Ejecutiva De La Feusach
Muy buenos días a todas y todos.
Saludo con especial afecto a la Corporación Solidaria UTE-Usach, a las autoridades presentes, a las y los académicos, funcionarias y funcionarios, estudiantes y a toda nuestra comunidad universitaria.
Nos reunimos hoy para conmemorar los 111 años del natalicio de Enrique Kirberg. Recordar su vida no es un ejercicio de nostalgia. Es un acto profundamente político y universitario, porque recordar a Kirberg es preguntarnos qué universidad queremos construir y qué papel debe cumplir la educación pública frente a los desafíos de nuestro tiempo.
Hablar de Enrique Kirberg es hablar de uno de los proyectos universitarios más transformadores que ha conocido Chile. Su rectoría no solo estuvo marcada por la excelencia académica, sino también por una convicción profunda: la universidad no podía permanecer aislada de las necesidades de su pueblo. La Universidad Técnica del Estado debía estar al servicio del desarrollo nacional, de las y los trabajadores, de la democratización del conocimiento y de la construcción de una sociedad más justa.
Kirberg comprendía que la universidad pública no existe únicamente para entregar títulos profesionales. Existe para producir conocimiento al servicio del país, para formar ciudadanía crítica, para reducir las desigualdades y para ampliar la democracia. Esa visión continúa siendo uno de los legados más importantes de nuestra historia institucional.
Su liderazgo fue también expresión de uno de los momentos más significativos de la Reforma Universitaria chilena. Una reforma que entendió que democratizar la universidad significaba democratizar el conocimiento, abrir sus puertas a quienes históricamente habían sido excluidos y permitir que quienes construyen la universidad todos los días pudieran también participar en sus decisiones.
No es casualidad que haya sido el único rector elegido mediante un proceso verdaderamente triestamental en nuestra universidad. Su elección representó la convicción de que estudiantes, funcionarias y funcionarios, académicas y académicos debían compartir la responsabilidad de conducir el destino de la institución. Aquella experiencia demostró que la democracia fortalece a la universidad; no la debilita.
Como estudiantes de la Universidad de Santiago de Chile, heredera de la Universidad Técnica del Estado, tenemos el deber de mantener viva esa memoria. No como un recuerdo inmóvil, sino como una tarea permanente.
Porque las preguntas que movilizaron a la Reforma Universitaria siguen plenamente vigentes.
- ¿Qué universidad necesita Chile?
- ¿Una universidad subordinada exclusivamente a las demandas del mercado o una universidad comprometida con el desarrollo del país?
- ¿Una universidad encerrada entre sus muros o una profundamente vinculada con los problemas de la sociedad?
Hoy esas preguntas vuelven a adquirir una enorme relevancia.
Vivimos tiempos en que la educación pública enfrenta nuevas amenazas. Se instala con fuerza una visión que reduce la educación a un bien de consumo, que debilita el rol del Estado, que relativiza el valor de las universidades públicas y que concibe el conocimiento únicamente desde su rentabilidad económica inmediata.
Cuando se cuestiona el financiamiento de la educación pública, cuando se pone en duda el papel de las universidades estatales, cuando se promueven políticas que favorecen la competencia por sobre la colaboración o que desconocen el carácter estratégico del conocimiento para el desarrollo nacional, no solo se afecta a nuestras instituciones. Se pone en riesgo una idea de país.
Nuestra universidad nació precisamente para ofrecer oportunidades a quienes no las tenían. Para abrir las puertas del conocimiento a las hijas e hijos de trabajadores. Para formar profesionales comprometidos con el desarrollo del país. Esa misión sigue plenamente vigente.
Por eso defender la universidad pública no significa únicamente defender un presupuesto o una institución. Significa defender la posibilidad de construir una sociedad donde el origen social no determine el acceso al conocimiento, donde la ciencia responda a las necesidades del país y donde las universidades mantengan su compromiso con el bien común.
En tiempos donde resurgen discursos que promueven el individualismo por sobre la solidaridad, que desconfían de lo público y que reducen los derechos sociales a simples bienes transables, el legado de Enrique Kirberg adquiere una fuerza extraordinaria.
Su ejemplo nos recuerda que las universidades públicas tienen una responsabilidad que va mucho más allá de sus aulas. Deben ser espacios donde se cultive el pensamiento crítico, donde se defiendan los derechos humanos, donde se fomente la participación democrática y donde el conocimiento esté siempre al servicio de la dignidad humana.
Nuestra historia también nos enseña que ninguna conquista universitaria ha sido un regalo. La democratización, la participación estudiantil, la ampliación del acceso, la defensa de la educación pública y de los derechos sociales han sido fruto de generaciones que decidieron organizarse y asumir el compromiso de transformar su realidad.
Ese es también el desafío que enfrentamos quienes hoy habitamos esta universidad.
No basta con admirar a Enrique Kirberg. Debemos trabajar para estar a la altura de su legado.
Eso significa defender una universidad democrática, fortalecer la participación de todos sus estamentos, proteger el carácter público de nuestras instituciones y comprender que la educación sigue siendo una herramienta indispensable para construir una sociedad más justa, más libre y más igualitaria.
Las nuevas generaciones no heredamos únicamente edificios, símbolos o tradiciones. Heredamos una responsabilidad histórica: cuidar aquello que otros construyeron con enorme esfuerzo y proyectarlo hacia el futuro.
Hoy, al conmemorar los 111 años del natalicio de Enrique Kirberg, reafirmamos nuestro compromiso con esa tarea.
Que su memoria siga inspirándonos para defender la educación pública, para fortalecer nuestras universidades estatales, para profundizar la democracia universitaria y para recordar siempre que el conocimiento alcanza su mayor valor cuando se pone al servicio del pueblo.
Porque mientras existan estudiantes dispuestos a organizarse, comunidades universitarias comprometidas con el bien común y universidades públicas conscientes de su responsabilidad social, el legado de Enrique Kirberg seguirá vivo entre nosotros.
Muchas gracias.
