Discurso rector Pedro Palominos Belmar – 08 de julio 2026
Muy buenos días a todos y todas quienes hoy nos acompañan.
Saludo con especial afecto a las autoridades nacionales, regionales y universitarias presentes; a nuestras académicas y académicos; funcionarias y funcionarios; estudiantes; egresadas y egresados; representantes del mundo público y privado; y a todas las amigas y amigos de nuestra Universidad que conmemoran hoy con nosotros un nuevo aniversario de la Universidad de Santiago de Chile.
Hay aniversarios que celebran el paso del tiempo, pero existen otros, como este, que en su contexto nos obligan a detenernos por un momento y hacernos una pregunta mucho más importante.
¿Para qué sigue siendo necesaria una universidad pública después de ciento setenta y siete años?
Cumplir años, por sí solo, no constituye ningún mérito. Todos sabemos que las personas envejecemos y el ciclo de la vida sigue. En cambio, las instituciones permanecen cuando son capaces de seguir siendo necesarias para la sociedad que las sostiene.
Ese ha sido, precisamente, el desafío permanente de nuestra Universidad.
Hace ciento setenta y siete años nacimos como la Escuela de Artes y Oficios. Más tarde fuimos la Universidad Técnica del Estado. Hoy somos la Universidad de Santiago de Chile.
Tres nombres. Tres épocas. Tres maneras distintas de responder a los desafíos de Chile.
Y la verdad es que he llegado a la conclusión de que nuestra Universidad ha permanecido porque, generación tras generación, ha sabido hacerse las preguntas que cada época exigía.
Cuando Chile necesitó formar maestros para impulsar su desarrollo industrial estuvimos ahí, cuando se necesitó ampliar el acceso al conocimiento técnico y profesional, estuvimos ahí.
Cuando la educación pública enfrentó momentos especialmente difíciles, estuvimos ahí.
Las universidades no heredan su prestigio, más bien, lo renovamos cada día.
Cada generación recibe una institución construida por quienes la precedieron, pero tiene también la responsabilidad de entregar una mejor a quienes vendrán después.
Ese es el verdadero sentido de una universidad pública. No la de administrar un legado, sino la de construir un futuro.
Nuestra historia suele contarse a través de fechas, edificios o transformaciones institucionales, pero la verdadera historia de la Universidad de Santiago de Chile nunca ha estado escrita solamente en sus archivos, sino más bien está escrita en las personas.
Nuestra historia son los y las estudiantes “primera generación” de sus familias en ingresar a la educación superior. Son aquellos y aquellas que descubrieron en nuestra casa de estudios una vocación. Son ellas y ellos quienes dedicaron su vida a enseñar. Y quienes investigan durante años sin saber, con certeza, si encontrarán la respuesta que buscan.
Nuestra historia está en quienes sostienen diariamente esta Universidad desde laboratorios, bibliotecas, oficinas, talleres, salas de clases y cada uno de los espacios que hacen posible nuestra misión.
Porque una universidad nunca vale únicamente por lo que sabe; vale, sobre todo, por las personas que componen su comunidad.
Aquí, en la Universidad de Santiago de Chile, no solo entregamos un título profesional. En estas salas de clases, en nuestros laboratorios, talleres y espacios universitarios, formamos personas conscientes, responsables, con pensamiento crítico y comprometidas con lo público.
Creemos que la educación no termina con una ceremonia de titulación. La verdadera medida de nuestro trabajo comienza cuando quienes se formaron en esta Universidad salen a transformar sus comunidades, sus territorios y, con ello, también a nuestro país.
Esa es la experiencia formativa que queremos seguir ofreciendo. Una experiencia que marca vidas y que, a través de ellas, contribuye a transformar la sociedad.
Durante estos ciento setenta y siete años, miles de familias han depositado en nosotros su confianza.
Creen con convicción que la educación puede cambiar una vida. Y cuando cambia una vida, también comienza a cambiar una familia. Y cuando cambian miles de familias, comienza a transformarse un país.
Esa ha sido, quizás, la contribución más silenciosa y más profunda de nuestra Universidad.
Pero ninguna universidad puede vivir únicamente de su historia.
Cada generación tiene el deber de preguntarse si está respondiendo a los desafíos de su tiempo. Y ese es, precisamente, el desafío que hoy tenemos por delante.
Vivimos momentos de alta incertidumbre y desconfianza, no solo en Chile, sino también en el mundo. Tiempos marcados por guerras, confrontaciones y una creciente dificultad para encontrar acuerdos, construir caminos comunes y desarrollar soluciones que integren, en lugar de dividir.
En ese contexto, resulta especialmente significativo que, en Chile, las universidades se encuentren entre las instituciones en las que las personas más confían.
Esa confianza nos honra, pero, sobre todo, nos obliga a estar a la altura de nuestro tiempo contribuyendo con evidencia antes que con consignas, con diálogo y no con descalificaciones, y con conocimiento por sobre los prejuicios.
Lo he dicho anteriormente, pero hoy lo quiero reiterar: Con frecuencia hemos escuchado que la Usach es una universidad contestataria, pero la verdad es que yo prefiero otra definición.
Somos una universidad pensante y pensar nunca ha sido un acto de comodidad. Pensar significa cuestionar con responsabilidad, argumentar con evidencia, escuchar con respeto y aceptar que ninguna persona, disciplina ni institución posee, por sí sola, todas las respuestas.
Porque el pensamiento crítico no consiste en oponerse por principio, sino en comprender antes de emitir un juicio. Y esa diferencia es enorme.
Las universidades no existen para fabricar unanimidades. Existen para ampliar la inteligencia de una sociedad. No educamos para repetir respuestas. Educamos para formular mejores preguntas. Y debo ser más claro aún: un país que deja de pensar, comienza lentamente a renunciar a su futuro y nosotros, como universidad, no vamos a permitir que eso ocurra.
Esa convicción no solo orienta nuestro trabajo académico, también orienta la forma en que queremos gobernar nuestra Universidad.
Hace dos años dimos un paso histórico con la instalación del Consejo Universitario triestamental, incorporando la representación democrática de los tres estamentos que dan vida a nuestra institución.
Ese cambio no se agota en una nueva estructura de gobierno. Nos desafía a construir una cultura distinta, donde la participación, la deliberación y el respeto permitan conducir los grandes temas de nuestra Universidad.
Los cambios profundos nunca producen resultados de un día para otro. Requieren tiempo, convicción y confianza, pero estoy convencido de que sabremos cuidar este espacio, fortalecerlo y demostrar que una comunidad universitaria también puede construir acuerdos desde la diversidad. Esta rectoría está profundamente comprometida con ese camino.
Vivimos una época en que abundan las respuestas rápidas para problemas extraordinariamente complejos, pero bien sabemos que los grandes desafíos nunca han tenido soluciones simples.
Chile necesita aumentar su productividad, fortalecer su democracia, enfrentar el cambio climático, incorporar la inteligencia artificial con responsabilidad, reducir desigualdades persistentes, transformar conocimiento en desarrollo, y ninguno de esos desafíos podrá enfrentarse desde la improvisación.
Todos requieren ciencia, investigación e innovación.
Al fin y al cabo, todos requieren universidades públicas fuertes. Por eso, el compromiso de nuestra Universidad no termina en la formación de profesionales, sino en la contribución activa al desarrollo del país.
¿Y cómo lo hacemos? Generando conocimiento, incidiendo en las políticas públicas, fortaleciendo la cultura, innovando junto al sector productivo, colaborando con los territorios, construyendo puentes con el mundo…
Una universidad pública se define por el destino de su conocimiento y el destino del conocimiento debe ser siempre el bienestar de las personas.
Hay quienes creen que las universidades públicas debemos elegir entre excelencia y compromiso social, pero nosotros creemos exactamente lo contrario.
La excelencia constituye la única forma responsable de ejercer nuestro compromiso con Chile, porque las buenas intenciones no reemplazan el rigor.
Nuestro país necesita investigación de frontera, innovación, transferencia tecnológica, creación artística, ciencias sociales, pensamiento humanista…
Necesita universidades capaces de dialogar con el mundo sin dejar nunca de mirar el territorio al que pertenecen. Esa es la Universidad que queremos fortalecer y seguir construyendo.
Estimados y estimadas.
Ninguna estrategia institucional tendría sentido si olvidáramos aquello que realmente sostiene a esta Universidad: su comunidad.
Las personas que la hacen posible todos los días: quienes enseñan, estudian o trabajan. Quienes mantienen abiertos nuestros laboratorios, nuestras bibliotecas, nuestras salas de clases y nuestros campus.
Son esas personas que llegan antes de que amanezca y las que permanecen cuando las luces se apagan. Aquellas personas que creen, incluso en los momentos difíciles, que servir a una universidad pública sigue siendo una tarea que vale la pena.
A todas y todos ustedes, gracias, porque representan el verdadero patrimonio de esta institución.
Dentro de muchos años más, otras generaciones celebrarán un nuevo aniversario de la Universidad de Santiago de Chile, probablemente ya no recuerden nuestros nombres y está bien que así sea, porque las universidades nunca han sido la obra de una sola autoridad.
Son la construcción paciente de miles de personas que, generación tras generación, decidieron poner el conocimiento al servicio del bien común.
Cuando llegue ese momento, espero que puedan decir que estuvimos a la altura de nuestra época. Que logramos fortalecer a nuestra comunidad, pese a los desafíos actuales; que ampliamos nuestras capacidades científicas; que defendimos con convicción el valor de la educación pública; que contribuimos al desarrollo de Chile…
Y que nunca olvidamos por qué existe una universidad como la nuestra. No para contemplar el mundo desde la distancia, sino para comprenderlo, transformarlo, y poner siempre a las personas en el centro de ese esfuerzo.
Después de ciento setenta y siete años, seguimos creyendo en una idea sencilla, pero profundamente transformadora: que el conocimiento solo encuentra su verdadero sentido cuando se pone al servicio del país y de las personas.
Y mientras exista una estudiante o un estudiante que vea en esta Universidad la oportunidad de cambiar su destino…
Mientras exista una investigadora o un investigador dispuesto a dedicar años de su vida para responder una pregunta que aún no tiene respuesta…
Mientras exista una funcionaria, un funcionario, una académica o un académico convencido de que la educación pública puede construir un Chile mejor…
La Universidad de Santiago de Chile seguirá teniendo una misión irrenunciable. No aspiramos solamente a ser una gran universidad, trabajamos día a día para ser una Universidad indispensable para Chile.
Muchas gracias.
