TERCER LUGAR PARA IRIS ACEITON EN CONCURSO DE NARRATIVA EN «LINEAS DE LA VIDA»

Estimada Iris:

Le escribo para comunicarle que el jurado del concurso “Líneas de Vida” ha seleccionado su obra “La Elvira”, como TERCER LUGAR en NARRATIVA, de la sexta versión de este certamen literario.

¡Felicitaciones!

En estos momentos, estamos trabajando en la edición de la Antología en la que su relato estará incluido y en la ceremonia de premiación de este año. Esta se realizará en el auditorio de ENAC (Echaurren 28, metro República), el día martes 29 de octubre, a las 15:30 horas. Muy pronto le enviaremos la invitación digital para el evento, al  que ya queda cordialmente invitada. Cualquier duda o consulta puede realizarla a este correo electrónico, o al  teléfono 22 7200 346.

Atentamente,

Le invitamos a seguirnos en https://www.facebook.com/ConcursoLineasdeVida/

Resultados del concurso en  http://concursoadultomayor.cl/


LA  ELVIRA
Desperté con el dolor de cabeza acostumbrado. A veces no le hago caso y con el correr de las horas simplemente lo olvido. Otras, por no decir la mayoría de las veces acudo a lo más fácil, al maldito Cefalmín, medicamento del que soy adicta hacen varios años. Y… empiezo a doparme desde muy temprano. Me tomo dos grageas al hilo. Se me descompone la “guata”. Recurro al Omeprazol. Al avanzar la mañana el dolor no ha cejado y vuelvo en forma autómata a repetir el infernal ciclo…
Detesto bañar a la Elvira. Imposible no hacerlo, para cuidarla me contrataron y dentro de mis obligaciones incluye esta desesperante rutina. Me preparo mentalmente; ningún detalle lo dejo a la improvisación. A la pequeña y confortable sala de baño llevo todos los elementos necesarios: dos grandes toallas, una para secar su cabeza, la otra para envolver su famélico cuerpo. Una toalla más vieja, guardada especialmente para este fin, la doblo en cuatro y la dejo sobre la fría cerámica inmediatamente junto a la tina. No uso felpudos, ella los pisa con sus enfangadas pantuflas que arrastra desde el jardín que recién se ha regado. Otras, las  contamina con su propia caca. Del vanitorio saco sus enseres personales para ubicarlos en el lavamanos: los frascos de  shampoo y  jabón líquido, la esponja, la crema hidratante. Su inseparable bastón lo dejo estacionado en el rincón, junto al toallero. Me despojo de mi chaleco que impide la  libertad de los movimientos de mis brazos. Me saco los lentes ópticos, con el vapor del agua caliente se empaña hasta el extremo de dejarme literalmente ciega.
La conmino a desvestirse. Le pido se apure. Finalmente termino yo sacándole la ropa; la camisa de dormir, la camiseta y el calzón. Los hago un ovillo y los traslado hasta el cubo de la ropa sucia que se encuentra en el lavadero ubicado en la pieza contigua.  Corro hasta el baño… La dejé sola y desnuda… Le ayudo a levantar su pierna derecha, se la agarro a la altura del tobillo, es tan  delgada que parece el brazo de un pequeño niño. La piel que la reviste pareciera cubierta de escamas (ninguna crema o loción hidratante ha evitado que le salga esa especie de caspa que le cubre casi todo su cuerpo y, que al contacto con la ropa la disemina por donde se mueve). Llevo sus temblorosas manos hasta el pequeño riel adosado en la cerámica dentro del showing-door  para que me ayude a mantenerse erguida. Recorro su fantasmal silueta. Sus glúteos son flácidos, como un gran globo desinflado, colgajos de pellejos de  un color gris violáceos que  le rodean el ano… Levanto su pierna izquierda. Ya adentro del cubículo la siento en el piso metálico dispuesto en el centro de la bañera. Se encuentra desfalleciente después del enorme esfuerzo realizado. Gradúo la temperatura del agua. Con el chorro de la ducha teléfono recorro su figura mortecina. Primero su cabeza, el pelo escaso y cano se adhiere a su cara de niña maltratada. La esponja jabonosa que maneja mi mano recorre su delgadísimo cuello de pajarillo herido, el esternón forrado de un cuero ceniciento sobresale de su pecho sin el más mínimo vestigio de grasa. Hacia los costados caen hasta llegar a la mismísima cintura sus mamas exánimes, (imagino una perra recién parida que alimenta a su numerosa camada, con sus tetillas extenuadas a punto de topar el suelo). Le requiero que se las levante… Hasta allí llega la esponja jabonosa. Fregando, refregando; va y viene mi mano enérgica… Hay que acabar con todos los gérmenes, también con aquellos imaginarios,  los de la vejez a los que yo contraerlos, me produce  un verdadero pánico…
Aún sentada jabono sus rodillas hinchadas y carcomidas por la osteoporosis. Las piernas envueltas por una piel mustia que, como una prenda de vestir varias tallas más grandes le sobra de todas partes. Llego a sus pies, demasiados grandes y huesudos para resistir una figura tan esmirriada. Los dedos son amorfos con uñas que crecen de una manera desmedida que, cuando me descuido en llamar a la podóloga parecen uñas de un ave carroñera. La incito a pararse para asearle la zona de la vagina y el ano. Sus extremidades tiemblan asida al pasamano del muro. Su cuerpo entero tirita, temo que se caiga, se golpee contra la muralla. La afirmo con mi mano izquierda, con la otra dirijo la lluvia de agua hacia su pelvis descarnada, lampiña, con sus labios vaginales ajados, amoratados que cuelgan lastimosamente. Repito la operación con los glúteos, el ano. Le pido que se agache. El agua realiza  la tarea que no se atreve a realizar mi mano. Transpiro copiosamente…
Ya afuera de la tina la envuelvo con la toalla, con la otra fricciono su cabeza con cortos y enérgicos masajes. Le paso  a llevar una mejilla con mis bruscos movimientos:
­__ ¡Socorro, ayuda!  ¡Me están pegando!  Chilla despavorida.
__¡Quién te está pegando, cállate!  Le grito indignada.
__¡Tú, tú me pegaste perra, te voy a acusar!
El rostro de la Elvira se ha transformado absolutamente. Sus oscuros y pequeños ojos brillan de rabia, de odio. Hasta le temo… Ya no es la dulce ancianita que provoca tanta ternura. Su cuerpo entero tirita pero ahora de furia. También yo me transformo.
__ ¡Ayuda, ayuda, esta perra me quiere matar! Sigue vociferando enardecida.
__ ¡Cállate vieja maldita que te van a oír los vecinos!
__ ¡Claro que soy vieja desgraciada pero, a ti te falta muy poco para ser igual que yo! ¡Y serás vieja igual que yo, más que yo!  ¡Me la vas a pagar, todo, todo lo que me has hecho!
 Me sentencia con cara de vieja arpía venenosa, de vieja pérfida que entiende cada palabra que me vomita.
Con la toalla en la mano derecha y en  un gesto irreflexivo le taponeo  la boca. Mi mano izquierda  le sujeta la nuca. Quisiera silenciarla. Le refriego las encías, la prótesis. Pretendo lavar todo el veneno que con sus palabras me ha contaminado. Se desespera, agita sus manos como una avecilla desgarrada, la cara se le vuelve violácea. Los ruidos guturales que emite me vuelven a la cordura… Me separo de ella aterrada, descontrolada y, salgo del baño.
Ya en el amplio y magnífico jardín, inhalo profusamente por la nariz y por la boca entreabierta el aire frio de la mañana invernal que, al tomar contacto con mis pulmones me produce un agradable dolorcillo. El césped  se mantiene de un verde luminoso  a pesar de haber soportado las primeras heladas. Reviso los cardenales de variados y magníficos colores, retiro las hojas y flores secas. Los enormes cactus de formidables y amenazantes agujas punzantes  se entierran en mis dedos. No me doy cuenta hasta que un hilillo de sangre tiñe y recorre la palma de mi mano… Con los dedos de la otra dibujo figuras delirantes. Inspecciono los filodendros y compruebo que sus descomunales hojas necesitan de un tutor que las guie. Las aralias crecen ostentosas en ese microclima que se han inventado  debajo de los ciruelos. Los naranjos cargados de frutos que aún no maduran. El invierno ha tardado en llegar. Se me quitan las ganas de llorar, o quizás, las lágrimas me las he tragado sin darme cuenta, eso es, creo que me las he tragado, o las he guardado para más tarde…
Me sobresalto al recordarme de la Elvira y  voy en su busca. La encuentro en el pasillo con las toallas en el suelo, desnuda, sin más abrigo que el bastón en su convulsionada mano. Los pelos engrifados. Su figura cadavérica se estremece entera (la patética visión me recuerda el paso de los judíos en la ruta hacia los hornos crematorios). Su cara de niña suplicante y vulnerable me estremece el alma.
__ ¡Anita María tengo frio, mucho frio!
__¡Anita María te quiero mucho!  Me dice con su apagada voz que es  apenas un murmullo.
Corro y la abrazo con las toallas. La conduzco suavemente hasta su dormitorio, donde la estufa eléctrica encendida hace varias horas mantiene una agradable temperatura. Rápidamente la encremo: la cara, el cuello, los pechos, brazos y manos. Comienzo a vestirla. Primero la camiseta que recojo como un acordeón su  manga derecha,  con los dedos abiertos afirmo los extremos, introduzco su brazo, inclino su cabeza hasta meterla dentro del escote de la prenda. Repito la misma operación con la manga izquierda. Ahora viene la polera de lycra, el chaleco de lana. La siento  en la cama, de rodillas frente a ella fricciono sus piernas con la loción hidratante; cae una lluvia de escamas de su piel. Le encajo el calzón, luego las panties, le calzo los zapatos, amarro sus cordones. La paro con la ayuda de su bastón, le encajo la falda forrada. Sentada en su sillón de cuero, acomodo los cojines en su espalda. Con el aire tibio del secador peino su pelo ralo. La suave colonia la esparzo sobre sus ropas, su pelo, su cara.
Enciendo el televisor, el ARTV con la Quinta Sinfonía de Beethoven resuena en el aire, subo el volumen. Me energiza la música: los timbales, los violines, los cornos:
__ ¡Elvira esta bella melodía nos alimentará el alma!   Hablo en voz alta, muy alta; como para convencerme y convencerla.
Y… allí en su sillón de cuero, con la mirada perdida en no sé cuántas vidas pasadas, dejo a la Elvira sentada…